CONFLICTOS, ¿BIENVENIDOS?

Con frecuencia, no somos conscientes de nuestra propia responsabilidad ante una situación de conflicto ni de que nuestra forma de reaccionar dice más de nosotros mismos que del otro. Ponemos el foco en obtener el resultado deseado, sin escuchar al otro más allá de lo que realmente nos está diciendo o también, en muchos casos, malinterpretando lo que nos dice.

¿Cómo cambiar y crecer con la forma en la que vivimos los conflictos?

La primera clave es el respeto mutuo, haciendo un esfuerzo por visualizarnos como un iceberg, del que tanto nosotros como la otra persona solo mostramos la punta y mantenemos oculto el 90%. Debajo escondemos la dificultad que tenemos en mostrar y expresar las propias emociones en el momento, lugar y de la forma adecuada. Por lo tanto, lo que vemos de los demás, y lo que mostramos a los demás, representa sólo un 10% de lo que somos. Ocultamos nuestras emociones, incluso tapamos una emoción con otra, mostrando por ejemplo enfado, cuando en realidad nos sentimos inseguros, tristes, solos, incomprendidos, cansados o asustados.

Gestionar conflictos supone también aprender a escucharnos a nosotros mismos, a pararnos ante los propios pensamientos y reflexionar ante los juicios que tenemos sobre esa persona o situación. Los juicios hablan más sobre el que los emite que sobre aquel a quien se refieren. La buena noticia es, que podemos cambiarlos, porque habitan en los pensamientos y estos son todo aquello que nos decimos. Por lo tanto podemos elegir decirnos algo diferente, como ¿merece la pena invertir tanta energía en defender que tengo razón? ¿Quiero tener razón o una buena relación? ¿Qué me impide cambiar mi forma de interpretar una situación, de aceptar también una opinión diferente a la mía? ¿Qué me estoy perdiendo al no hacerlo?

Nuestra sociedad nos inculca la necesidad de ser fuertes en todo momento y eso limita nuestra capacidad de expresar lo que sentimos. Pues expresarlo no nos hace débiles, sino humanos. ¿Cómo pretendemos que los demás sepan qué nos pasa, qué necesitamos y cómo nos pueden ayudar, si no lo expresamos? Y una vez hecho, ¿somos capaces de preguntar al otro cómo se siente, qué necesita o qué nos quiere pedir para solucionar esta situación?

A partir de ahora, os invito a tener más en cuenta que delante de nosotros hay otro ser humano, miremos su 90% y pongamos nuestro esfuerzo en resolver haciendo preguntas como “¿Qué tenemos en común? ¿Qué nos une? ¿Qué es mucho más importante que el tema en cuestión?” Si lo hacemos, nos daremos cuenta de que prácticamente todo es más importante que lo que ha motivado el conflicto, entonces ¿para qué insistir si sólo nos hacemos daño?

Si tomamos esta iniciativa, podemos convertir los conflictos en una oportunidad de aprendizaje, de conocer al otro desde una nueva perspectiva, de descubrir y beneficiarnos de los recursos y capacidades que ambos tenemos. Dejaremos de “enfrentar”, comenzaremos a “afrontar” y crecer juntos. Así estaremos dando un gran paso hacia esa maravillosa invitación de Gandhi, “Seamos el cambio que queremos ver en el mundo”.

por María del Mar Hidalgo de Cisneros